LA IRONÍA DE LA “FICHA LIMPIA” Y EL KARMA POLÍTICO
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(Lic. Gustavo Maidana) – En la política, como en la vida, las acciones suelen tener consecuencias imprevistas. El presidente Javier Milei, quien llegó al poder con un discurso enfocado en la transparencia y la moralidad pública, hoy se encuentra en el ojo de la tormenta tras ser imputado en la causa de las criptomonedas. Esta situación no deja de ser irónica, especialmente si recordamos su insistente reclamo de “ficha limpia” para los funcionarios públicos. Pareciera que, al igual que el creador de la guillotina, Milei podría estar enfrentándose a las consecuencias de su propio invento retórico.
La comparación con el inventor de la guillotina, Joseph-Ignace Guillotin, no es casual. Guillotin, quien abogó por un método de ejecución más humano, terminó viendo cómo su creación se convertía en un símbolo de terror durante la Revolución Francesa. De manera similar, Milei, al promover la idea de la “ficha limpia” como un requisito indispensable para la función pública, podría estar viendo cómo ese mismo principio se vuelve en su contra. La política, como la historia, tiene un sentido del humor peculiar.
En Argentina, este escenario se ajusta perfectamente al dicho popular: “No escupas para arriba, que te puede caer en el ojo”. Milei, con su retórica incisiva y sus demandas de pureza ética, podría estar experimentando el efecto boomerang de sus propias palabras. La imputación en la causa de las criptomonedas no solo mancha su imagen de defensor de la transparencia, sino que también expone las contradicciones inherentes a un sistema político donde nadie está completamente libre de sospechas.
Este caso debería servir como una reflexión para todos los líderes políticos: la coherencia entre el discurso y la acción es fundamental. Prometer “ficha limpia” implica no solo exigirla a los demás, sino también garantizarla en uno mismo. De lo contrario, el karma político, como la guillotina, puede ser implacable.
En definitiva, la situación de Milei es un recordatorio de que, en la política, las palabras tienen peso y las promesas pueden convertirse en profecías autocumplidas. O, como dirían en el campo argentino, “el que se fue a Sevilla, perdió su silla”. Y en este caso, parece que la silla de la credibilidad podría estar en juego.
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